Archivos diarios: 18/10/2009

Para un diálogo provechoso debe haber una auténtica actitud de escucha

El diálogo es, tal vez, la herramienta para el entendimiento mutuo más promovida, y a la vez, más truculenta. Muchas personas dialogan más pensando en ganar que en comprender los argumentos del otro.

Casi siempre se parte de una posición, que no es otra cosa que el punto de vista parcial que se asume al empezar a dialogar.  A partir de ese momento ya se está parapetado en un sitio, y se intenta demostrar la validez de las reflexiones y de los argumentos propios, que serían más coherentes y más claros y reales que los del interlocutor.

Con frecuencia, cuando se siente que los argumentos de la otra persona son más contundentes, surge como defensa la descalificación del otro como forma de desautorizar sus opiniones o puntos de vista.

Todos en algún momento de nuestras vidas, y algunas personas muy frecuentemente, usamos este esquema.

Desde luego que así no se llegará jamás al entendimiento.  A lo sumo, al sometimiento del otro, que no es en sentido alguno, algo deseable.

Para un diálogo provechoso es imprescindible una actitud de escucha franca y real.  El interés tendría que estar centrado no solo en argumentar con claridad; también en tratar de captar con total honestidad lo que el otro dice, y proponerse asimilarlo para establecer dónde están las coincidencias y las diferencias.

Pero usted habrá sido testigo de la infinidad de veces en que uno de los interlocutores casi no puede esperar a que la otra persona termine de decir lo que está diciendo: menea la cabeza o empieza a expresar monosílabos que pretenden cortar el discurso del otro, o a tamborilear con los dedos.  Es claramente notorio que no está escuchando.  Apenas, mostrando que ya no puede esperar más para decir lo contrario de lo que le están diciendo.

En esos casos hay diálogo “técnicamente hablando”, pero no hay posibilidad de encuentro ni de conclusiones compartidas.  Es un diálogo estéril.

Haga el intento: busque que el diálogo sea una fuente de nuevos acuerdos, de reconocimiento del otro. Descubra el enriquecimiento mutuo y la enorme satisfacción que produce abrir las posibilidades de ampliación de sus criterios y de los criterios ajenos.  Las vivencias de logro, de encuentro, de ganancia son enormes, y solo se necesita practicar esa buena disposición a la escucha y al conocimiento de ese otro que desea compartir sus puntos de vista con nosotros.

No permitamos que esas oportunidades de mejoramiento de nuestros vínculos se nos vuelvan lo que un adolescente llamaba “dialogazos”, aludiendo a cómo sentía cada uno de esos encuentros con su padre, con el propósito de  “dialogar”.

Con un pequeño esfuerzo de atención, simplemente, y cuidándonos de no caer en las distorsiones ya anotadas, podremos rescatar el verdadero diálogo y sus maravillosas consecuencias para el entendimiento que tanta falta nos hace hoy por hoy.


 

Sentimientos y emociones son los ejes fundamentales de la educación

Los buenos educadores son aquellos que mejor comprenden el mundo afectivo de niñas, niños y jóvenes, sea cual sea el rol a partir del cual educan.  Padres, madres, docentes, cuidadores u otros, mientras no identifiquen adecuadamente la vida afectiva de estas personas a quienes pretenden educar, y no manejen también, su propia vida emocional, difícilmente obtendrán los mejores logros en su tarea.

Por supuesto que no son menos importantes las actividades académicas, pero toda acción educativa, antes que nada es una acción humana y debe tener presente lo que causa emocionalmente en los involucrados.

El origen de las vocaciones, por nombrar un ejemplo, tempranas o tardías, siempre está vinculado a la calidad de la interacción humana entre quien “contagia” y quien “descubre” su destino.  De igual manera, las falsas vocaciones, las materias odiadas, las disciplinas sobre las que mucha gente se siente al margen y sin interés alguno, nacen de vínculos tortuosos o dañinos o de desinterés, creados por adultos no conscientes de la importancia del estado emocional que provocan en sus pupilos mientras se cumple el proceso educativo.

Creo que resulta claro que cuidar el estado emocional de niñas, niños y jóvenes no significa crear ambientes empalagosos o andar mimando y diciendo palabras dulces a todo momento.  Se trata más bien de conocerlos y de aprender a identificar sus manifestaciones de tranquilidad, de alegría, de entusiasmo, de serenidad, tanto como las de preocupación, de tristeza, de agobio o de desinterés.  Cuidar para que predominen unas más que las otras es tan importante como saber atender de la mejor manera los momentos difíciles que vivan nuestros estudiantes o hijos.

No existen claves universalmente aplicables, que al aprenderse nos habiliten para el encuentro.  Con cada persona hay que descubrirlas y aplicarlas.  Lo que sí es cierto es que con el paso del tiempo se nos hacen más evidentes y manejables.  Esta es la sabiduría de la creación de buenas relaciones y de buenos vínculos.

Eso sí, es necesario tener interés en que esto se produzca, porque se vive de manera muy generalizada, más bien, la confrontación y el reproche.  Parece que pensáramos que siempre tenemos la razón y que los demás lo único que deben hacer es seguirla al pie de la letra y listo. Estamos muy equivocados.

Ya hemos visto en otros momentos que no hay verdades absolutas en términos de lo que ocurre entre las personas y sus intentos de compartir o convivir o educar o lo que sea que hagan unos con otros.  Por esta razón, doblemente equivocados nos encontramos cuando queremos imponer nuestro punto de vista: porque no tenemos la razón aunque así lo creamos, y porque imponerla violenta a los demás, y más aún si de personas jóvenes se trata.  Mientras más jóvenes más frágiles y susceptibles de salir más afectadas con estas inadecuadas formas de trato.

Entonces, no es melosería, como tantas personas entienden, y con razón rechazan, lo que se propone y se sabe útil.  Es más respetar al otro a partir de conocerlo mejor y de considerar sus formas propias de experimentar y de actuar.

Desde luego, y para nada menos importante, tomarnos en cuenta a nosotros mismos en relación con lo que sentimos y experimentamos con cada una de las personas que tratamos.  No para buscar la razón, sino para encontrar la forma de entendernos mejor.  Es un cambio de actitud, pero tan valioso que podríamos construir una sociedad distinta y mejor, si así fuera.  Está abierta la invitación.