Si no hay una visión educativa amplia, las emociones nos pueden desbordar

A los niños los confunde mucho que un día se los vea como ángeles, y otros días como demonios.  En ellos, mucho más que en los adultos, existe la vivencia de unidad de su ser.  Se saben uno solo siempre.  Por eso no entienden que algunas veces se los trate con amor, y otras veces con odio.

Y esta conducta de los adultos se presenta, frecuentemente, entre otras razones, porque se tiene la tendencia a reaccionar a partir de una mirada muy estrecha sobre los actos de los niños y de las niñas.  Cuando hacen algo que satisface, mimos y cariño; cuando hacen lo que no gusta, maltratos y descalificación.  Se educa, así, en forma reactiva.  Para cada acción, una reacción.

Esta modalidad de trato a los niños carece de toda coherencia.  No implica un criterio educativo, sino un impulso emocional.

Y puede ser peor.  El día en que una acción del niño no le genera malestar al adulto porque está contento por otra razón, no hay reacción como la de siempre, y en lugar de castigar, disculpa o actúa con indiferencia.  El día que está enojado, aunque perciba un comportamiento correcto del niño o de la niña, puede tratarlo mal, porque en realidad está molesto por otra cosa.  En lugar del mimo se da el maltrato.  Para los niños la confusión es total.

Es necesario contar con un criterio educativo y moverse en función de él para que las acciones resulten coherentes para todos.

Las actitudes frente a los pequeños deben corresponderse con una visión amplia de lo que se desea para ellos y es necesario mantener una coherencia entre actos, palabras y principios, tratando de no dejarse llevar por el malestar o el bienestar del momento.  Cuando se juzgan los actos en función del estado de ánimo se cae de inmediato en la arbitrariedad, pero de manera más grave, en la incoherencia, lo que acarrea un desorden para todos porque ya no se sabe qué vale y qué no vale, ni cuándo ni cómo.  Corregir estas confusiones después, es particularmente difícil.

No castigue ni premie cada pequeño acto como si fuera el único.  Mantenga su línea educativa: puede ser tolerante o un poco directivo o acompañante o lo que sea que quiera ser, pero de manera amplia, en términos generales, y no en relación con cada detalle del comportamiento de su hijo.  Suelte cuerda, como a las cometas, para que el niño recorra camino.  Y recoja cuerda de vez en cuando, serenamente, de a poco, para que el niño corrija el rumbo.  No suelte y recoja a cada momento porque se enloquece él y se enloquece usted.

Es lo mismo que en otras actividades de la vida.  La persona que hace cuentas todos los días, todos los días tiene la posibilidad de preocuparse o de tranquilizarse, pero día a día mantiene la zozobra.  La persona que maneja su presupuesto semanal o mensual o semestralmente, maneja otro tiempo, otro ritmo, las preocupaciones son más esporádicas.  Tiene otro manejo de la vida.

Educar es parecido: usted puede vivir en la zozobra diaria o haciendo ajustes de tanto en tanto.  Mientras, en el diario vivir, usted sabe para dónde va, pero con la observación y el acompañamiento va descubriendo cuáles serán los cambios de rumbo que deba hacer y cuándo será la mejor oportunidad de hacerlo.  Entonces, difícilmente lo hará al influjo del momento, de lo que le dicten las emociones, que es la peor forma de tratar de educar.


 

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