Archivos diarios: 15/10/2009

“Soy insoportable: siempre tengo la razón”

 

Muy pocas personas serían capaces de decir esto, pero son muchos los que incurren en esta conducta.  Claro que sin reconocer que pueden ser insoportables.

La persona que “tiene la razón” y “lo sabe”, podría mostrar un comportamiento humilde y no entrar en conflicto con los demás, pero resulta muy tentador, y de hecho es lo que suele ocurrir: andar corrigiendo a todo el mundo, andar diciendo lo que está bien y lo que está mal, contradiciendo a todo el que se cruza, pontificando sobre lo habido y por haber.  ¿Conoce usted a alguna persona así?  De seguro que no solo a una.

Alguien que sabe que sabe, debería sentirse muy seguro de sí mismo, y en una conversación podría dar su punto de vista sin necesidad de apabullar a los demás, o mejor aún, admitiendo que puede haber otros puntos de vista, otras verdades, otros criterios más amplios o más restringidos; en fin, otras realidades que por existir no atentan contra sus convicciones.

Sabemos que es así, pero que no son muchos los que tienen esa actitud en relación con los criterios ajenos.  Más frecuente es encontrarse con personas que contradicen, que descalifican, que incluso maltratan y ofenden a los que no piensan como ellos.  Lo curioso: mientras más pontifican, menos se les cree.

Es razonable que así ocurra -que no se les crea-, porque intuitivamente no más, quienes los escuchan asumen una actitud escéptica.  Es como si no se les pudiera creer, porque ¿quién que “realmente sabe” es tan duro y tan arrogante con los demás?

Es decir, quien tanto se ufana de tener la razón, termina no teniéndola.  Bien sea porque en sentido estricto no la tiene o porque su forma de actuar es tan contradictoria con la serenidad del que sí sabe, que no se le puede creer.

Quien apabulla con sus “verdades”, quien ofende a quien no piensa como él, en el mejor de los casos solo muestra que no es capaz de trascender la relatividad de su “sabiduría”.  Nadie sabe todo sobre todo, y el que se lo cree, lo único que muestra es que sus argumentos no tienen contundencia, razón por la cual intenta ser contundente de otra forma.  De una mala forma.

Lo que significa, para decirlo con mayor claridad, que el que sabe no daña.  El que daña es el que identifica la debilidad de su saber pero no quiere reconocerla, o el que sí sabe pero no se da cuenta de que no le alcanza para sentirse seguro con lo que tiene y busca lograrlo imponiéndose por la fuerza.

Quienes poseen conocimiento y sabiduría auténticos no excluyen ni persiguen.  Buscan desentrañar más verdades, apoyan al que sabe y al que no sabe.  Son gregarios en su intención, y su actitud siempre suma, siempre acompaña.  Sus discrepancias son serias y leales, sin dañar al otro, sin causar dolor.  No es necesario.

Todos conocemos personas convencidas de su “superioridad”.  No son más ni menos que los demás.  Tampoco.  Se puede correr el riesgo de calificarlos mal e incurrir en el mismo error que se invita a corregir.

Con que intentemos lograr la cercanía que un buen diálogo propicia, sería suficiente para aportar algo a la saludable y necesaria convivencia armónica.

Que identificar sesgos y actitudes inconvenientes no nos lleve a censurar ni a segregar.  Es solo un ejercicio de comprensión, de claridad, que nos ayude a conocer mejor el mundo en que vivimos, y a definir mejor el mundo que queremos.

No se trata de que todo valga.  Rechazamos los malos modos, pero no a las personas que los pueden tener.

No hay censura buena que nos habilite a censurar.  Nadie a nadie.

Si no hay una visión educativa amplia, las emociones nos pueden desbordar

A los niños los confunde mucho que un día se los vea como ángeles, y otros días como demonios.  En ellos, mucho más que en los adultos, existe la vivencia de unidad de su ser.  Se saben uno solo siempre.  Por eso no entienden que algunas veces se los trate con amor, y otras veces con odio.

Y esta conducta de los adultos se presenta, frecuentemente, entre otras razones, porque se tiene la tendencia a reaccionar a partir de una mirada muy estrecha sobre los actos de los niños y de las niñas.  Cuando hacen algo que satisface, mimos y cariño; cuando hacen lo que no gusta, maltratos y descalificación.  Se educa, así, en forma reactiva.  Para cada acción, una reacción.

Esta modalidad de trato a los niños carece de toda coherencia.  No implica un criterio educativo, sino un impulso emocional.

Y puede ser peor.  El día en que una acción del niño no le genera malestar al adulto porque está contento por otra razón, no hay reacción como la de siempre, y en lugar de castigar, disculpa o actúa con indiferencia.  El día que está enojado, aunque perciba un comportamiento correcto del niño o de la niña, puede tratarlo mal, porque en realidad está molesto por otra cosa.  En lugar del mimo se da el maltrato.  Para los niños la confusión es total.

Es necesario contar con un criterio educativo y moverse en función de él para que las acciones resulten coherentes para todos.

Las actitudes frente a los pequeños deben corresponderse con una visión amplia de lo que se desea para ellos y es necesario mantener una coherencia entre actos, palabras y principios, tratando de no dejarse llevar por el malestar o el bienestar del momento.  Cuando se juzgan los actos en función del estado de ánimo se cae de inmediato en la arbitrariedad, pero de manera más grave, en la incoherencia, lo que acarrea un desorden para todos porque ya no se sabe qué vale y qué no vale, ni cuándo ni cómo.  Corregir estas confusiones después, es particularmente difícil.

No castigue ni premie cada pequeño acto como si fuera el único.  Mantenga su línea educativa: puede ser tolerante o un poco directivo o acompañante o lo que sea que quiera ser, pero de manera amplia, en términos generales, y no en relación con cada detalle del comportamiento de su hijo.  Suelte cuerda, como a las cometas, para que el niño recorra camino.  Y recoja cuerda de vez en cuando, serenamente, de a poco, para que el niño corrija el rumbo.  No suelte y recoja a cada momento porque se enloquece él y se enloquece usted.

Es lo mismo que en otras actividades de la vida.  La persona que hace cuentas todos los días, todos los días tiene la posibilidad de preocuparse o de tranquilizarse, pero día a día mantiene la zozobra.  La persona que maneja su presupuesto semanal o mensual o semestralmente, maneja otro tiempo, otro ritmo, las preocupaciones son más esporádicas.  Tiene otro manejo de la vida.

Educar es parecido: usted puede vivir en la zozobra diaria o haciendo ajustes de tanto en tanto.  Mientras, en el diario vivir, usted sabe para dónde va, pero con la observación y el acompañamiento va descubriendo cuáles serán los cambios de rumbo que deba hacer y cuándo será la mejor oportunidad de hacerlo.  Entonces, difícilmente lo hará al influjo del momento, de lo que le dicten las emociones, que es la peor forma de tratar de educar.