Archivos Mensuales: octubre 2009

Para un diálogo provechoso debe haber una auténtica actitud de escucha

El diálogo es, tal vez, la herramienta para el entendimiento mutuo más promovida, y a la vez, más truculenta. Muchas personas dialogan más pensando en ganar que en comprender los argumentos del otro.

Casi siempre se parte de una posición, que no es otra cosa que el punto de vista parcial que se asume al empezar a dialogar.  A partir de ese momento ya se está parapetado en un sitio, y se intenta demostrar la validez de las reflexiones y de los argumentos propios, que serían más coherentes y más claros y reales que los del interlocutor.

Con frecuencia, cuando se siente que los argumentos de la otra persona son más contundentes, surge como defensa la descalificación del otro como forma de desautorizar sus opiniones o puntos de vista.

Todos en algún momento de nuestras vidas, y algunas personas muy frecuentemente, usamos este esquema.

Desde luego que así no se llegará jamás al entendimiento.  A lo sumo, al sometimiento del otro, que no es en sentido alguno, algo deseable.

Para un diálogo provechoso es imprescindible una actitud de escucha franca y real.  El interés tendría que estar centrado no solo en argumentar con claridad; también en tratar de captar con total honestidad lo que el otro dice, y proponerse asimilarlo para establecer dónde están las coincidencias y las diferencias.

Pero usted habrá sido testigo de la infinidad de veces en que uno de los interlocutores casi no puede esperar a que la otra persona termine de decir lo que está diciendo: menea la cabeza o empieza a expresar monosílabos que pretenden cortar el discurso del otro, o a tamborilear con los dedos.  Es claramente notorio que no está escuchando.  Apenas, mostrando que ya no puede esperar más para decir lo contrario de lo que le están diciendo.

En esos casos hay diálogo “técnicamente hablando”, pero no hay posibilidad de encuentro ni de conclusiones compartidas.  Es un diálogo estéril.

Haga el intento: busque que el diálogo sea una fuente de nuevos acuerdos, de reconocimiento del otro. Descubra el enriquecimiento mutuo y la enorme satisfacción que produce abrir las posibilidades de ampliación de sus criterios y de los criterios ajenos.  Las vivencias de logro, de encuentro, de ganancia son enormes, y solo se necesita practicar esa buena disposición a la escucha y al conocimiento de ese otro que desea compartir sus puntos de vista con nosotros.

No permitamos que esas oportunidades de mejoramiento de nuestros vínculos se nos vuelvan lo que un adolescente llamaba “dialogazos”, aludiendo a cómo sentía cada uno de esos encuentros con su padre, con el propósito de  “dialogar”.

Con un pequeño esfuerzo de atención, simplemente, y cuidándonos de no caer en las distorsiones ya anotadas, podremos rescatar el verdadero diálogo y sus maravillosas consecuencias para el entendimiento que tanta falta nos hace hoy por hoy.


 

Sentimientos y emociones son los ejes fundamentales de la educación

Los buenos educadores son aquellos que mejor comprenden el mundo afectivo de niñas, niños y jóvenes, sea cual sea el rol a partir del cual educan.  Padres, madres, docentes, cuidadores u otros, mientras no identifiquen adecuadamente la vida afectiva de estas personas a quienes pretenden educar, y no manejen también, su propia vida emocional, difícilmente obtendrán los mejores logros en su tarea.

Por supuesto que no son menos importantes las actividades académicas, pero toda acción educativa, antes que nada es una acción humana y debe tener presente lo que causa emocionalmente en los involucrados.

El origen de las vocaciones, por nombrar un ejemplo, tempranas o tardías, siempre está vinculado a la calidad de la interacción humana entre quien “contagia” y quien “descubre” su destino.  De igual manera, las falsas vocaciones, las materias odiadas, las disciplinas sobre las que mucha gente se siente al margen y sin interés alguno, nacen de vínculos tortuosos o dañinos o de desinterés, creados por adultos no conscientes de la importancia del estado emocional que provocan en sus pupilos mientras se cumple el proceso educativo.

Creo que resulta claro que cuidar el estado emocional de niñas, niños y jóvenes no significa crear ambientes empalagosos o andar mimando y diciendo palabras dulces a todo momento.  Se trata más bien de conocerlos y de aprender a identificar sus manifestaciones de tranquilidad, de alegría, de entusiasmo, de serenidad, tanto como las de preocupación, de tristeza, de agobio o de desinterés.  Cuidar para que predominen unas más que las otras es tan importante como saber atender de la mejor manera los momentos difíciles que vivan nuestros estudiantes o hijos.

No existen claves universalmente aplicables, que al aprenderse nos habiliten para el encuentro.  Con cada persona hay que descubrirlas y aplicarlas.  Lo que sí es cierto es que con el paso del tiempo se nos hacen más evidentes y manejables.  Esta es la sabiduría de la creación de buenas relaciones y de buenos vínculos.

Eso sí, es necesario tener interés en que esto se produzca, porque se vive de manera muy generalizada, más bien, la confrontación y el reproche.  Parece que pensáramos que siempre tenemos la razón y que los demás lo único que deben hacer es seguirla al pie de la letra y listo. Estamos muy equivocados.

Ya hemos visto en otros momentos que no hay verdades absolutas en términos de lo que ocurre entre las personas y sus intentos de compartir o convivir o educar o lo que sea que hagan unos con otros.  Por esta razón, doblemente equivocados nos encontramos cuando queremos imponer nuestro punto de vista: porque no tenemos la razón aunque así lo creamos, y porque imponerla violenta a los demás, y más aún si de personas jóvenes se trata.  Mientras más jóvenes más frágiles y susceptibles de salir más afectadas con estas inadecuadas formas de trato.

Entonces, no es melosería, como tantas personas entienden, y con razón rechazan, lo que se propone y se sabe útil.  Es más respetar al otro a partir de conocerlo mejor y de considerar sus formas propias de experimentar y de actuar.

Desde luego, y para nada menos importante, tomarnos en cuenta a nosotros mismos en relación con lo que sentimos y experimentamos con cada una de las personas que tratamos.  No para buscar la razón, sino para encontrar la forma de entendernos mejor.  Es un cambio de actitud, pero tan valioso que podríamos construir una sociedad distinta y mejor, si así fuera.  Está abierta la invitación.


 

“Soy insoportable: siempre tengo la razón”

 

Muy pocas personas serían capaces de decir esto, pero son muchos los que incurren en esta conducta.  Claro que sin reconocer que pueden ser insoportables.

La persona que “tiene la razón” y “lo sabe”, podría mostrar un comportamiento humilde y no entrar en conflicto con los demás, pero resulta muy tentador, y de hecho es lo que suele ocurrir: andar corrigiendo a todo el mundo, andar diciendo lo que está bien y lo que está mal, contradiciendo a todo el que se cruza, pontificando sobre lo habido y por haber.  ¿Conoce usted a alguna persona así?  De seguro que no solo a una.

Alguien que sabe que sabe, debería sentirse muy seguro de sí mismo, y en una conversación podría dar su punto de vista sin necesidad de apabullar a los demás, o mejor aún, admitiendo que puede haber otros puntos de vista, otras verdades, otros criterios más amplios o más restringidos; en fin, otras realidades que por existir no atentan contra sus convicciones.

Sabemos que es así, pero que no son muchos los que tienen esa actitud en relación con los criterios ajenos.  Más frecuente es encontrarse con personas que contradicen, que descalifican, que incluso maltratan y ofenden a los que no piensan como ellos.  Lo curioso: mientras más pontifican, menos se les cree.

Es razonable que así ocurra -que no se les crea-, porque intuitivamente no más, quienes los escuchan asumen una actitud escéptica.  Es como si no se les pudiera creer, porque ¿quién que “realmente sabe” es tan duro y tan arrogante con los demás?

Es decir, quien tanto se ufana de tener la razón, termina no teniéndola.  Bien sea porque en sentido estricto no la tiene o porque su forma de actuar es tan contradictoria con la serenidad del que sí sabe, que no se le puede creer.

Quien apabulla con sus “verdades”, quien ofende a quien no piensa como él, en el mejor de los casos solo muestra que no es capaz de trascender la relatividad de su “sabiduría”.  Nadie sabe todo sobre todo, y el que se lo cree, lo único que muestra es que sus argumentos no tienen contundencia, razón por la cual intenta ser contundente de otra forma.  De una mala forma.

Lo que significa, para decirlo con mayor claridad, que el que sabe no daña.  El que daña es el que identifica la debilidad de su saber pero no quiere reconocerla, o el que sí sabe pero no se da cuenta de que no le alcanza para sentirse seguro con lo que tiene y busca lograrlo imponiéndose por la fuerza.

Quienes poseen conocimiento y sabiduría auténticos no excluyen ni persiguen.  Buscan desentrañar más verdades, apoyan al que sabe y al que no sabe.  Son gregarios en su intención, y su actitud siempre suma, siempre acompaña.  Sus discrepancias son serias y leales, sin dañar al otro, sin causar dolor.  No es necesario.

Todos conocemos personas convencidas de su “superioridad”.  No son más ni menos que los demás.  Tampoco.  Se puede correr el riesgo de calificarlos mal e incurrir en el mismo error que se invita a corregir.

Con que intentemos lograr la cercanía que un buen diálogo propicia, sería suficiente para aportar algo a la saludable y necesaria convivencia armónica.

Que identificar sesgos y actitudes inconvenientes no nos lleve a censurar ni a segregar.  Es solo un ejercicio de comprensión, de claridad, que nos ayude a conocer mejor el mundo en que vivimos, y a definir mejor el mundo que queremos.

No se trata de que todo valga.  Rechazamos los malos modos, pero no a las personas que los pueden tener.

No hay censura buena que nos habilite a censurar.  Nadie a nadie.

Si no hay una visión educativa amplia, las emociones nos pueden desbordar

A los niños los confunde mucho que un día se los vea como ángeles, y otros días como demonios.  En ellos, mucho más que en los adultos, existe la vivencia de unidad de su ser.  Se saben uno solo siempre.  Por eso no entienden que algunas veces se los trate con amor, y otras veces con odio.

Y esta conducta de los adultos se presenta, frecuentemente, entre otras razones, porque se tiene la tendencia a reaccionar a partir de una mirada muy estrecha sobre los actos de los niños y de las niñas.  Cuando hacen algo que satisface, mimos y cariño; cuando hacen lo que no gusta, maltratos y descalificación.  Se educa, así, en forma reactiva.  Para cada acción, una reacción.

Esta modalidad de trato a los niños carece de toda coherencia.  No implica un criterio educativo, sino un impulso emocional.

Y puede ser peor.  El día en que una acción del niño no le genera malestar al adulto porque está contento por otra razón, no hay reacción como la de siempre, y en lugar de castigar, disculpa o actúa con indiferencia.  El día que está enojado, aunque perciba un comportamiento correcto del niño o de la niña, puede tratarlo mal, porque en realidad está molesto por otra cosa.  En lugar del mimo se da el maltrato.  Para los niños la confusión es total.

Es necesario contar con un criterio educativo y moverse en función de él para que las acciones resulten coherentes para todos.

Las actitudes frente a los pequeños deben corresponderse con una visión amplia de lo que se desea para ellos y es necesario mantener una coherencia entre actos, palabras y principios, tratando de no dejarse llevar por el malestar o el bienestar del momento.  Cuando se juzgan los actos en función del estado de ánimo se cae de inmediato en la arbitrariedad, pero de manera más grave, en la incoherencia, lo que acarrea un desorden para todos porque ya no se sabe qué vale y qué no vale, ni cuándo ni cómo.  Corregir estas confusiones después, es particularmente difícil.

No castigue ni premie cada pequeño acto como si fuera el único.  Mantenga su línea educativa: puede ser tolerante o un poco directivo o acompañante o lo que sea que quiera ser, pero de manera amplia, en términos generales, y no en relación con cada detalle del comportamiento de su hijo.  Suelte cuerda, como a las cometas, para que el niño recorra camino.  Y recoja cuerda de vez en cuando, serenamente, de a poco, para que el niño corrija el rumbo.  No suelte y recoja a cada momento porque se enloquece él y se enloquece usted.

Es lo mismo que en otras actividades de la vida.  La persona que hace cuentas todos los días, todos los días tiene la posibilidad de preocuparse o de tranquilizarse, pero día a día mantiene la zozobra.  La persona que maneja su presupuesto semanal o mensual o semestralmente, maneja otro tiempo, otro ritmo, las preocupaciones son más esporádicas.  Tiene otro manejo de la vida.

Educar es parecido: usted puede vivir en la zozobra diaria o haciendo ajustes de tanto en tanto.  Mientras, en el diario vivir, usted sabe para dónde va, pero con la observación y el acompañamiento va descubriendo cuáles serán los cambios de rumbo que deba hacer y cuándo será la mejor oportunidad de hacerlo.  Entonces, difícilmente lo hará al influjo del momento, de lo que le dicten las emociones, que es la peor forma de tratar de educar.